Salto de plinto

plinto

En las clases de gimnasia de los 60 y 70 (puede incluso que antes y puede incluso que después) había unos aparatos que, generalmente había que saltar para poder aprobar.

Estos aparatos gimnásticos eran el potro, el caballo y el plinto. Luego había otras cosas como las espalderas, los balones medicinales, el trampolín, la cuerda con nudos, la cuerda sin nudos…

Esto, junto con la gimnasia sueca, el correr por el patio y alguna que otra voltereta o ejercicio de suelo, conformaban lo que era la asignatura de gimnasia.

Todos hacíamos la gimnasia sueca (con más o menos intensidad), todos corríamos (más o menos rápido, más o menos tiempo), todos dábamos volteretas palante, patrás y laterales (algunos mejor que otros), pero había muuuuuucha diferencia en cómo realizábamos los diferentes ejercicios.

Subir la cuerda era una nadería para unos y una imposibilidad para otros, tuviera o no nudos. Las espalderas eran un coñazo, el balón medicinal una pesadez, y los aparatos…¡ay, los aparatos!… eso eran palabras mayores.

Se trataba de saltarlos apoyando las manos sobre ellos y con las piernas abiertas o con las piernas encogidas; a lo largo o a lo ancho; o dando una voltereta sobre ellos.

El caso es que los más atléticos o los más decididos se colocaban los primeros de la larga fila y realizaban el salto sin despeinarse. Realmente había prisa por saltar los primeros, pasar la prueba y prepararse para ver a los demás y a reírse de ellos cuando hacían un renuncio o se pegaban un trompazo. En el otro extremo también había prisa por ocupar los últimos lugares por parte de aquellos a los que no les gustaba… qué digo no les gustaba… que les daba auténtico pánico el enfrentarse a tamaño engendro gimnástico.

El ver cómo la cola avanzaba y se iba acercando tu turno era una verdadera tortura. ¿Qué les habíamos hecho unos pobre chavales a aquellos profesores para que nos sometieran a semejante suplicio?

El potro era malo. El caballo peor porque era más largo. Pero el plinto… ¡ay, el pinto!…

potro, plinto y caballo

Ya era malo el tener que montarlo, acarreando esos enormes cajones del tamaño de un ataúd (mira lo que es la asociación libre) pero tener que saltarlo a lo largo, ¡o a lo ancho! con las piernas super abiertas o saltando sobre el trampolín de madera para dar una voltereta sobre él… eso era… peor… mucho peor.

No sé de ningún compañero que fuera a ninguna olimpiada, ni siquiera al Cirque du Soleil, así que no sé para qué tanta historia, tanto salto, tanta pirueta y tanto brazos en cruz.

Por cierto… Homo nostalgicus quiere dejar constancia de que nunca, pero nunca, vio ni supo de ningún profesor de gimnasia que saltara ni una sola vez, ni siquiera para dar ejemplo. No quieras para los demás lo que no quieras para ti, ¿no? Pues nada, todo lo que hacían era pasear la tripa en chándal y soplar el silbato cuando no estaban fumando. ¡Qué cosas!

www.nostalgika.es

¿Qué recuerdas?
¿Cómo se te daban los aparatos?
¿Eras de los que lo saltaban a la primera o de los que se estrellaban contra ellos?
Si los superabas… ¿te ha servido de algo en la vida?
Si no los superabas… ¿te ha perjudicado en algo en la vida?
¿Tienes alguna anécdota curiosa sobre esto para compartir?

2 Comments

  1. Me daba pánico saltarlo.

    • Normal… era un trasto enorme. Gracias por comentar.

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