Los gusanos de seda

Un día. Como cualquier otro. Un compañero aparece en clase con una misteriosa caja de zapatos. ¿Qué habrá en su interior?

Pues, un puñado de hojas llenas de puntitos negros.

—¡Tío!, ¿qué es eso?
—Son huevos.
—¿Huevos de qué?
—De gusanos de seda. De estos huevos nacen gusanos y cuando crecen se meten en un capullo y se convierten en mariposa.
—¡No jodas!
—Y de los capullos se saca seda, para hacer vestidos.
—¡No jodas! ¡Tío, dame algunos!

Y el «tío» te daba una hoja petadita de huevos. O te la vendía, que de todo había. Y te ibas a casa contento con tu reciente adquisición sin saber en el problema en el que te metías: necesitabas hojas de morera. Y muchas.

Y era un problema porque no eras el único que se había hecho con huevos de los que bien pronto salían unos gusanitos diminutos con un apetito voraz. Y como solamente comen hojas de morera (si les das otra cosa mueren) éstas pasaban de ser algo completamente inútil a un bien codiciado. Resultado: cuando ibas a las moreras que había cerca de tu casa, el resto de niños de tu barrio que tenían gusanos habían arrasado con ellas y los árboles estaban pelones. Ni brotes dejaban.

Entonces habías de conseguirla en árboles de otros barrios o aprovechar las salidas domingueras con la familia para ir a la caza de la hoja de morera. Claro que siempre había algún «tío» que te daba algunas. O te las vendía, que de todo había. Normalmente te las vendía el que te había regalado los huevos. A veces pensabas… ¿Y no habrá sido este tío el que ha dejado pelado todas las moreras de los alrededores? Último recurso: el herbolario. Y pagando más.

¿Y todo para qué? Para pasarte horas y horas viendo como devoraban la comida y engordaban, y sin poder tocarlos, porque eran muy delicados y si no se te reventaban entre los dedos, se oscurecían más tarde y se morían. Y cómo, llegado el momento, hilaban un capullo a su alrededor que los envolvía completamente y dejaban de comer, ¡por fin! y sin poder tocar el capullo, porque los más fácil era que se muriese la crisálida dl interior. Y cómo, al cabo de unos días, salían del capullo unas mariposas… ¡asquerosas!

Tú te esperabas unas bonitas mariposas de colores y te salían unas mariposas feísimas de color blanco sucio que ni siquiera volaban, y que no había cojones a tocar y que se movían un poco por la caja hasta engancharse por el culo a otra sucia mariposa (estaban follando) y poner centenares de huevos por todo en interior de la caja. Qué asco!

¡Ah! Y una vez realizada la puesta de huevos se morían.

Entonces, una vez que todo había acabado, te quedabas absorto (Homo nostalgicus suele quedarse absorto muchas veces, pero una de ellas fue por este motivo) y te preguntabas… ¿a qué aspira este bicho en la vida?

Nace, come, se convierte en adulto, se reproduce y se muere. Y encima se los cargan a miles para quedarse con la seda del capullo antes de convertirse en mariposa asquerosa. ¿Y me quejo yo de mi vida? Cole, deberes, tareas en casa, aguantar a mis hermanos… ¡Pero si mi vida es la leche!

Y decidías sacar más provecho que esta enseñanza. Este invierno —te decías— voy a ser yo el que lleve antes que nadie la caja con los huevos. Y me sacaré una perrillas. Y dejaré peladas las moreras en primavera y me sacaré unas perrillas vendiéndolas en el cole.

Pero, ¡ay!, eso mismo se les ocurría a los demás…

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¿Qué recuerdas?
¿Cuántos años consecutivos tuviste gusanos de seda? Eso era bastante común si tenías varios hermanos.
¿Eras de los que le sacaba beneficio al tema o de los que pagaban por las hojas?
¿Te llegó a reventar algún gusano entre los dedos?
¿Hacías competiciones con tus amigos para ver quién tenía el gusano más gordo?
¿Llegaste a hervir capullos para sacar hilos de seda?
¿Les diste de comer otra cosa? ¿Lechuga?

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