Las bolas de chicle

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Aquellas bolas de chicle de colores brillantes. Aquellas bolas de chicle que te hacían abrir la boca al máximo cuando pretendías morderlas. Aquellas bolas de chicle duras como la piedra hasta que las ablandabas a base de salivar y salivar. Aquellas bolas de chicle de aquellas máquinas expendedoras callejeras (y en comercios) con su esfera de cristal rellena de coloridas bolas, su ranura para la moneda (a peseta, oiga), su llave para que al girarla saliera la golosina por la boca de salida y cayera en el pequeño cuenco reservado para recogerla.

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Aquellas máquinas expendedoras que desaparecieron de nuestras calles para no volver.

Golosinas que no iban envueltas, que no sabías cuánto tiempo llevaban ahí dentro, que no era raro que acabaran cayendo al suelo antes de ir a la boca… ¡Y qué más daba!

Había quienes la chupaban un rato y luego la guardaban en el bolsillo para más tarde, otros que se metían en la boca tres o cuatro a la vez y no podían ni hablar y otros que competían a ver quién lograba quebrarla antes de una mordida.

¡Ah! Y un chicle buenísimo. De un dulce dulcísimo. De un dulce que seguro rompería los estándares actuales.

Una golosina de leyenda.

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¿Qué recuerdas?
¿Recuerdas haber comprado estas bolas más baratas? ¿Y más caras?
¿Cuál era tu color preferido?
¿Tenías una máquina de éstas cerca de casa?

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