La goma de borrar

Indispensable en el estuche de cualquier escolar. Todos los niños empezábamos el curso con una goma nuevecita, aunque casi ninguno lo terminaba con la misma.

¿Y cuál era la más popular en aquellos días de nuestra infancia? La goma MILAN sin duda. Y concretando más la goma MILAN 430, en cualquiera de sus tres colores: verde, blanco y rosa.

Una goma que algunas niñas usaban con cuidado y alternando los lados hasta conseguir darle una suave forma redondeada y que otros apuñalaban sin piedad con la punta del boli o con la del compás. Un goma que dejaba una cantidad de residuos gomosos increíble al usarla y que, si se te caía al suelo, rebotaba varias veces en direcciones impredecibles hasta llegar al lugar más alejado o escondido de la clase.

-Mamá, he perdido la goma.

Y te compraban otra. Pero cuando la perdías otra vez…

-¿Otra? Descuidado, pues te aguantas, que te la dejen. Que no te duran nada.

¿Durar? Homo nostalgicus no terminó nunca ninguna. Es más, jamás llegó a conocer a nadie que hubiese realizado tal hazaña. Perderse estaba en el ADN de la goma. Sin duda.

Y como no te la compraban te tocaba buscarte la vida. O pedirla prestada, o tomarte prestado un cacho o “encontrar” una.

Así, cuando abrías tu estuche, un día no tenías goma, otro tenías tres, otro un cacho que siempre se escondía en el fondo, otro… A veces pienso que solamente habían tres o cuatro gomas es toda la clase que iban rulando de uno a otro.

Y no te valía de nada grabarle tu nombre con la punta del compás o con el boli. Estas marca de propiedad duraban nada y menos. La socialización, amigos.

Pero estas añoradas gomas no solamente servían para borrar trazos de lápiz, ni mucho menos. La fértil imaginación infantil les otorgaba diferentes funciones. A saber, lanzarlas con puntería y mala leche contra la cabeza del compañero de unos pupitres más adelante. O partirlas a cachitos pequeños para usarlas con el boli vacío a modo de cerbatana. O usarlas como chuleta apuntando fórmulas o fechas en la parte inferior. O usarlas como sello pintando un sencillo símbolo con boli, bien repasadito para que quedara cargadito de tinta y luego estampar la imagen en tu brazo, o mejor, en la mejilla del compañero de al lado.

Claro que, también había el que se las comía.

Luego estaba la goma gigante, más grande si cabe en la mano de un niño. Hacía un ruido tremendo cuando impactaba en la pizarra. Aparte de eso… bueno sí, se partía en trozos más pequeños para repartir entre hermanos, o se cortaba a rodajas.

Hacía gracia el primer día, luego no era operativa.

Luego estaba la de nata. Tenía el color de la nata, olía a nata (si cierras los ojos igual sigues oliéndola) pero que no sabía a nata. Sí, confiésalo, tú también la probaste. Menudo timo.

Además iba envuelta en un papel celofán rojo muy moñas. Mientras estuviera envuelta todavía mantenía su gracia, pero cuando le quitabas el celofán perdía el encanto. ¡Qué cosas! Ya podías mantenerla con su funda que siempre aparecía un capullo que se la quitaba. ¿Te fastidiaba? Pues no habértela comprado, nenita.

Luego estaba la que borraba tinta por un lado. Bueno, eso decían. Le ponías un poco de saliva y frotabas el papel. Como resultado te quedaba el papel agujereado.

Eso sí, no quedaba rastro de la tinta. Pero no se trataba de eso.

Sea cual fuere nuestra goma preferida, nos dejaron sin duda recuerdos imborrables.

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¿Qué recuerdas?
¿Cuántas gomas llegaste a comprar en un curso? ¿Eras acaso el proveedor oficial de la clase?
¿Cuántas llegaste a perder?
¿Qué hacías cuando la perdías?
¿Les dabas algún uso diferente a los comentados?

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