Castigos corporales en clase

En la actualidad si un profesor le pone la mano encima a un alumno, incluso si lo agrede verbalmente, se ve envuelto en serios problemas que incluso pueden acabar con su despido o con una demanda por parte de los padres. Que le ha pegao a mi niño, a mi niño…

Pero antaño, hasta principios de los 70 o así, los correctivos físicos aplicados por los profesores eran moneda habitual. Aquellos padres, que por la época que vivieron muchos eran iletrados o con pocos estudios y que en su infancia habían recibido azotainas, palizas o correctivos físicos, creían en aquello de que la letra con la sangre entra. Y para ellos, la figura del maestro era la del erudito que iba a dar un baño de cultura a su hijo que le permitiría salir adelante. Y era una figura a la que respetaban. Así que si contabas en casa que el maestro te había soltado un tortazo, te decían: algo habrás hecho. Y plas, plas, te soltaban dos.

Claro que no todo eran tortazos, de hecho era lo que menos. Habían muchos y diferentes castigos corporales más o menos estandarizados. Homo nostalgicus no siente nostalgia de esos castigos, aunque recuerda con añoranza los métodos que empleábamos para minimizar los daños.

Por ejemplo te ponían de cara a la pared. Aquí lo peor era el aburrimiento, aunque con girar el torso y la cara de tanto en tanto pues se pasaba. Apoyar la frente y el hombro en la pared te permitía flexionar la rodilla y descansar el peso del cuerpo en un pie o en otro alternativamente. Algo ayudaba a evitar la molestia por inmovilidad.

Si la infracción había sido más grave, te ponían de rodillas y cara a la pared. Aquí, cuando dolía, podías echar el culete hacia un lado y aligerar la presión sobre la rodilla contraria.

Si la cosa había sido peor, pues de rodillas, de cara a la pared y con los brazos en cruz. Y si era mucho peor con libros sobre las palmas de las manos. Más libros cuanto más grave la infracción. Cabrones.

Aquí poco más se podía hacer. Dejar caer los brazos, dejar caer algún libro… Aunque siempre al tanto, el maestro te ordenaba recoger el libro y subir los brazos. Ahora tocaba sollozar, decir que te dolía mucho, sorber mocos y decir que te ibas a portar bien. Como era un castigo bastante bestia solían mantenerlo poco tiempo.

Luego estaban los capones en la cabeza (a puño cerrado y con el dedo corazón flexionado y sobresaliendo del puño) las collejas (a mano abierta) en el cogote, los pellizcos en el brazo (cosa de maestras y monjas), los tirones de orejas y los de patillas.

Con los capones y collejas sólo te quedaba acompañar el movimiento con la cabeza para minimizar el impacto, pero era algo muy difícil porque te los soltaban por la espalda, a traición. Con los pellizcos retirar el brazo, pero siempre era tarde. Y con los tirones de orejas y de patillas, flexionar las rodillas para que te asieran desde más abajo y una parte del recorrido ascendente no hiciera daño. Y ponerse de puntillas. Pero con cuidado que si se coscaban te decían que no te agachases y entonces tiraban más fuerte.

Homo nostalgicus fue testigo de un tirón de patillas excesivo a un niño obeso. El profesor tiró en exceso y se quedó con un puñadito de pelo y un pedazo de piel entre los dedos. Y el niño con la parte de la patilla en carne viva y sangrando. Se quedó blanco el animal (y no hablo del niño) y se deshizo en disculpas y no volvió a castigarlo durante el resto del curso, aunque se mereciera castigo. Y es que si había sangre… Quizá por eso habían menos totazos, para no hacer sangrar narices.

Luego estaban los palmetazos con la regla en la palma de la mano. Uno, dos… diez. Y ponías la mano y cuando veías caer la regla la retirabas. Puro instinto. Te hacían sujetar el brazo con la otra mano, pero ná, lo mismo. Aunque no convenía que se mosqueara mucho, porque cuando te enganchaba golpeaba fuerte de verdad.

Luego estaban los crueles que en lugar de golpear la palma de la mano te hacían juntar las puntas de los dedos y te soltaban el reglazo en las uñas y las yemas de los dedos. Y las uñas dolían un montón.

Contra los palmetazos estaba el ponerse anillo y elevar un poco ese dedo para que parte del impacto se lo llevara el metal. También estaba el método de frotarse la palma de la mano con un diente de ajo: adormecía las terminaciones nerviosas y no dolía casi nada. ¿Y cuando te ponías el ajo? ¿Cuándo te llamaba el maestro para darte el palmetazo? Qué va, antes de entrar a clase. Si llevabas tres días seguidos cobrando… ¿qué te hacía suponer que el cuarto no lo harías? ¿O es que el profe no te tenía manía?

Y contra el palmetazo en la punta de los dedos, ajo y las uñas bien cortas, como las patillas.

Al respecto, Homo nostalgicus recuerda a uno que en lugar de regla de madera o plástico usaba una vara de acero de unos 40 cm de larga y una sección cuadrangular de 1 cm de lado. La llamaba Catalina (se supone que por su piiiiii madre) y que dolía un montón. Le bastaba con sacarla del armario y ponerla sobre la mesa para que se hiciera un silencio absoluto.

Luego estaba lo de me copias 100 veces (o sus múltiplos hasta 1000) me portaré bien en clase que también era un castigo corporal porque te acababa doliendo la mano de tanto escribir. Aquí había varias tretas: usar papel de carbón, repartirlas entre los amigos (hoy por mí mañana por ti), adelantar trabajo en casa cuando estabas aburrido para cuando te castigasen en el futuro… pero todas tenían pega: te pedían boli azul para evitar el calco, te comparaban la letra de las diferentes hojas o te cambiaban la frase. Lo que mejor resultado daba era sujetar con celo a la distancia adecuada tres bolis BIC, así rellenabas tres renglones a la vez. Con más bolis era difícil ejercer la suficiente presión, sin cansarse la mano, para que todos los renglones estuvieran escritos con la misma fuerza.

También estaba la violencia no tan personalizada, la que era más general y aleatoria. Me refiero al borrador y a la tiza, ambos objetos (proyectiles) voladores. Cuando el profesor estaba escribiendo en la pizarra y escuchaba ruidos o voces a sus espaldas, se giraba rápidamente y lanzada el borrador o la tiza contra los alumnos. Al que le toque le toque.

Aunque algunos, con la práctica de los años, habían desarrollado una endiablada putería (perdón, puntería) y donde ponían el ojo ponían la tiza. Violencia personalizada, en este caso. Ante esto, estar rápido en apartarte, porque si te daba, además del dolor debías sufrir las risas de los demás, que reían porque, a pesar de estar liándola como tú, se habían salvado.

Por esa vez.

www.nostalgika.es

 

 

¿Qué recuerdas?
¿Qué recibiste más: capones, collejas, pellizcos, palmetazos?
¿Tuviste algún puto campeón del tiro con tiza?
¿Qué método utilizabas para minimizar o evitar el dolor? ¿Echabas la culpa a otro?
¿Algún maestro castigaba de una manera no recogida aquí? Cuenta.
¿De quién te acordabas mientras de azotaba? ¿De su padre o de su madre?

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